Nunca estuve tan indeciso sobre a quién votar y nunca vi tanto desinterés de la gente por votar. Yo realmente creo que votar es una obligación (aunque creo que el voto debe ser optativo), sobre todo en un país donde se nos privó de hacerlo durante tanto tiempo. Sin embargo, las opciones fueron de las más pobres en mucho tiempo. La continuidad del clan K, el mismo discurso de Carrió o una serie de distintas opciones justicialistas como Lavagna o Rodriguez Saa.

Llegué a la mesa para votar a las 8:30 (y bueno, tengo un hijo de 11 meses y hoy le tocaba dormir un poco más a su mamá, así que fuimos juntos), y la mesa recién se había constituido. El presidente de mesa era un chico que votaba por primera vez y seguramente estaba contento con la novedad, así que lo engancharon. Mucho no entendía el pobre, porque cuando le mostré mi DNI miraba a mi hijo y se mostraba sorprendido. Y es que somos un poquito parecidos de chiquitos. Di vuelta las hojas de mi DNI hasta mostrarle la actualización, y ahí su cara de horror fue mayúscula cuando me dijo “creo que tenemos un problema… aca dice que sos del 90 y no creo que tengas 17 años”. Solo pude reirme mientras le explicaba que esa era la fecha de actualización y que había nacido en el ’73.

Sin embargo, este es un simple ejemplo de lo que se viene palpando estos últimos días, del desinterés por la vida política del país, de la desidia a la hora de elegir a quienes van a representarnos, a dirigir los hilos de nuestra economía, de nuestra seguridad, de la educación de nuestros hijos.

Sigo soñando con el momento en que se produzca una renovación seria, en que aparezca un movimiento nuevo, de una nueva generación. Que venga desde fuera del aparato político tradicional y no esté enviciado con tanta corrupción. Y sigo soñanado con el momento en el que la gente se involucre más en el proceso electoral y que no solo reacciones cuando se viene todo abajo, como en el 2001.

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